lunes, 30 de enero de 2012

El Empire State Building


Durante un periodo de diecisiete años el Woolworth Building ha estado mirando por encima del hombro a todos los otros rascacielos neoyorquinos. Era el coloso, el gigante, el matón. Cuando uno entraba por primera vez en el puerto de Nueva Cork los compañeros de viaje se lo enseñaban a uno, muy orgullosos de mostrar su familiaridad con él. Luego se hacía uno transportar a su observatorio, y desde allí, por la módica suma de cincuenta centavos, podía hacerse la ilusión de que dominaba por completo a la gran ciudad.

Nadie se atrevía con el Woolworth Building cuya dictadura duró, como digo, diecisiete años, y el formidable armatoste empezaba ya a adquirir en el tiempo una importancia que sólo le correspondía en el espacio, y a presumir, como si dijéramos, de pirámide de Egipto, esto es, de cosa definitiva y eterna; pero lo que no ocurrió ni una vez en diecisiete años ha ocurrido tres veces en poco más de uno. Primero fue el Manhattan Company Building, quien, con sus 71 pisos, se elevó 11 sobre el Woolworth Building.

Luego el Chrysler llegó a 77, y ahora acaba de inaugurarse el Empire, con 85, sin contar los dos subterráneos ni los dieciséis de la torre. Y he aquí como, de la noche a la mañana, ha sido puesto en ridículo el matón. No ya cincuenta centavos. Ni diez, que es el precio máximo a que vende sus mercancías la Compañía Woolworth – los Woolworth Stores equivalen aquí a nuestras tiendas de todo a sesenta y cinco-, daría hoy nadie por visitarlo. En cambio, el Empire ha hecho cien mil dólares el domingo siguiente a su inauguración vendiendo a un dólar los billetes para subir a su observatorio.

El Empire State Building se inauguró oficialmente el día 1º de mayo. Desde su residencia de Washington, Mr. Hoover apretó un botoncito y toda la planta baja del rascacielos quedó profusamente iluminada. Una cinta de seda contenía en la calle a los invitados. Con unas tijeras de acero cromoníquel, que es el metal de que está revestido el edificio, una niña de doce años, muy regordeta por cierto, cortó la cinta, y allá fue JJimmy Walter, el alcalde de Nueva Cork, tan chulo como siempre, y Al Smith, el contrincante de Hoover en las últimas elecciones presidenciales, que es el jefe de la Compañía- en realidad, el Empire se ha construido para darle un sueldo y hacerle un anuncio a Al Smith-, y todos los notables de la ciudad. Naturalmente se habló de los grandes destinos a que está llamado Nueva Cork y de la torre Eiffel, ya sobrepasada, y por nada menos que 75 metros. La torre Eiffel era una espina que Nueva Cork tenía atravesada en la garganta, y si tarda un año más en arrancársela no sé lo que hubiera ocurrido.

Yo subí, claro está, al Empire State Building, y desde él pude ver un espectáculo que no había podido ver desde el Chrysler: pude ver el Chrysler de arriba abajo, en su debida relación con los otros edificios de la ciudad. Lo que no se ve desde el Empire, naturalmente, es el propio Empire. No se ve desde el Empire ni desde ninguna otra parte. El Empire carece de perspectiva, y cuando se construya el próximo rascacielos de 100 pisos, allí me tendrán ustedes, no para ver ese rascacielos precisamente, sino para ver el rascacielos anterior.


De "La Ciudad Automática" de Julio Camba; Editorial Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1970.

1 comentario:

Parlanchín dijo...

JULIO CAMBA, nacido en Villanueva de Arosa (Pontevedra) en 1884, muerto en Madrid en 1962, fue reconocido como uno de los primeros humoristas del mundo. Su humorismo no tiene nada de la superficialidad común de los escritores festivos, y en vez de limitarse al aspecto externo de las cosas, penetró agudamente en ellas, desmontado su mecanismo y haciéndonos ver su faz absurda. De ahí que con razón se haya podido escribir que la risa de Camba es una risa intelectual, aguzada y reflexiva, de oriundez genuinamente española. "Camba, filósofo celta; yo, filósofo íbero. ¡Qué delicia para nuestros lectores celtibéricos!", exclamó justamente Unamuno. Otro atractivo presenta aún el humorismo de Camba: y es que se aplica tanto a la psicología de los hombres como a la psicología de los pueblos. El autor de AVENTURAS DE UN PESETA, LONDRES Y LA CIUDAD AUTOMÁTICA, exploró casi todas las ciudades del viejo y del nuevo mundo, no dejando aspecto por observar en ellas. Al cabo de los treinta años de su aparición primera, LA CIUDAD AUTOMÁTICA está más lozana de ingenio y hermosura que nunca. Precioso libro de testimonio histórico, de observación paradójica: sonrisa en el rostro y pellizco en el corazón. LA CASA DE LÚCULO O EL ARTE DE COMER -también incluída en nuestra Colección-, verdadero tratado de gastronomía universal, análisis de los secretos de todas las cocinas del mundo, contiene una lectura que ha de resultar para todos tan sabrosa como el mejor plato. Otras obras del insigne escritor: SOBRE CASI TODO, SOBRE CASI NADA; UN AÑO EN EL OTRO MUNDO; PLAYAS, CIUDADES Y MONTAÑAS; LA RANA VIAJERA y MILLONES AL HORNO.