domingo 19 de febrero de 2012

Vista panorámica del siglo XX


Estas son las reflexiones de doce personalidades que fueron testigos de la historia del siglo XX:

Isaiah Berlin (filósofo, Gran Bretaña): «He vivido durante la mayor parte del siglo XX sin haber experimentado —debo decirlo— sufrimientos personales. Lo recuerdo como el siglo más terrible de la historia occidental».

Julio Caro Baroja (antropólogo, España): «Existe una marcada contradicción entre la trayectoria vital individual —la niñez, la juventud y la vejez han pasado serenamente y sin grandes sobresaltos— y los hechos acaecidos en el siglo XX... los terribles acontecimientos que ha vivido la humanidad».

Primo Levi (escritor, Italia): «Los que sobrevivimos a los campos de concentración no somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he visto obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros supervivientes, incluido yo mismo, cuando releo mis escritos al cabo de algunos años. Nosotros, los supervivientes, no somos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras».

René Dumont (agrónomo, ecologista, Francia): «Es simplemente un siglo de matanzas y de guerras».

Rita Levi Montalcini (premio Nóbel, científica, Italia): «Pese a todo, en este siglo se han registrado revoluciones positivas... la aparición del cuarto estado y la promoción de la mujer tras varios siglos de represión».

William Golding (premio Nóbel, escritor, Gran Bretaña): «No puedo dejar de pensar que ha sido el siglo más violento en la historia humana».

Ernest Gombrich (historiador del arte, Gran Bretaña): «La principal característica del siglo XX es la terrible multiplicación de la población mundial. Es una catástrofe, un desastre y no sabemos cómo atajarla».

Yehudi Menuhin (músico, Gran Bretaña): «Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales».

Severo Ochoa (premio Nóbel, científico, España): «El rasgo esencial es el progreso de la ciencia, que ha sido realmente extraordinario... Esto es lo que caracteriza a nuestro siglo».

Raymond Firth (antropólogo, Gran Bretaña): «Desde el punto de vista tecnológico, destaco el desarrollo de la electrónica entre los acontecimientos más significativos del siglo XX; desde el punto de vista de las ideas, el cambio de una visión de las cosas relativamente racional y científica a una visión no racional y menos científica».

Leo Valiani (historiador, Italia): «Nuestro siglo demuestra que el triunfo de los ideales de la justicia y la igualdad siempre es efímero, pero también que, si conseguimos preservar la libertad, siempre es posible comenzar de nuevo ... Es necesario conservar la esperanza incluso en las situaciones más desesperadas».

Franco Venturi (historiador, Italia): «Los historiadores no pueden responder a esta cuestión. Para mí, el siglo XX es sólo el intento constantemente renovado de comprenderlo».


De "Historia del Siglo XX" de Eric Hobsbawm; 6ta. edición, Editorial Crítica, Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, 2011.

viernes 17 de febrero de 2012

De Romain Rolland a la Residencia de Estudiantes

Con motivo de la primera edición española de las "Vidas de Hombres Ilustres"








Dedicatoria de la "Vida de Beethoven" de Romaind Rolland; Residencia de Estudiantes, Madrid, 1915.

jueves 16 de febrero de 2012

La supremacía de Uruguay

Un cuento de E. B. White


Quince años después de establecida la paz en Versalles, Uruguay entró en posesión de un fino secreto militar. Era un invento tan simple en sus efectos, tan barato en su construcción, que no cabía la menor duda que permitiría a Uruguay sojuzgar a todas las demás naciones de la Tierra. Naturalmente los dos o tres hombres de estado que sabían de él tuvieron visiones de grandeza; y aunque no había nada en la historia que indicara que un país grande fuera algo más feliz que uno pequeño, estaban muy ansiosos por llevarlo a cabo.

El inventor del dispositivo era un recepcionista de un hotel de Montevideo llamado Martín Casablanca. Había tenido la idea en cuestión durante la campaña de mayorazgo de 1933 en la ciudad de Nueva York, donde se encontraba atendiendo una convención realizada en un hotel.

Un atardecer de noviembre, poco antes de la elección, vagando por el distrito de Broadway llegó a toparse con un evento público. Una plataforma había sido erigida en la marquesina de uno de los teatros, y en un intervalo entre discursos un joven frío, envuelto en un abrigo, cantaba frente a un micrófono. "Gracias", cantaba sentimentalmente, "por todas las bellas delicias que he encontrado en tu abrazo...". La inflexión de las palabras de amor era la de una voz que murmura, pero el volumen del sonido amplificado era enorme; se transmitía por cuadras, en lo profundo de las filas del electorado.

El uruguayo hizo una pausa. No le eran desconocidas las delicias de un abrazo amoroso, pero en su experiencia habían sido de una intensidad menor, más íntima, concentrada. Este sonido relajado, público, tuvo un curioso efecto en él. "Y gracias por las inolvidables noches que nunca podré reemplazar...". El público se balanceaba junto a él.

En el resplandeciente rincón de la apiñada prensa de cuerpos, el retumbar dominante del cantante melódico lo chocó repentinamente y se tornó por unos segundos, como luego se diera cuenta, en un hombre loco. Las caras, las máscaras, el aire frío, las luces de los anuncios publicitarios, el ascendente vapor de la colosal taza de café A & P sobre la Calle 47, todo se agregaba a su encantamiento y su desequilibrio.

De todos modos, al partir y alejarse de Times Square y de los viscosos sonidos de ese gran abrazo de amor, éste era el pensamiento que habitaba su cabeza: "Si me sacó de mis cabales oír un canturreo suave apenas amplificado, ¿qué no me podría hacer, escuchar un sonido mucho más alto y amplificado?``

El Sr. Casablanca se detuvo. "¡Buen Cristo!", se susurró a sí mismo; y su propio susurro lo aterrorizó, como si también hubiera sido amplificado.

Abandonando su convención, partió hacia Uruguay a la tarde siguiente. Diez meses después había perfeccionado y entregado a su gobierno una máquina de guerra única en la historia: un avión radio-controlado llevando un fonógrafo eléctrico con una bocina aerodinámica retractable.

Casablanca había encontrado al tenor más potente de Uruguay y grabado la estrofa que había oído en Times Square. "Gracias", gritaba el tenor, "por inolvidables noches que nunca podré reemplazar...". Casablanca se encargó de aumentarlo ciento cincuenta veces y manipuló la grabación de tal manera que repitiera la frase eternamente. Su teoría era que un escuadrón de aviones sin pilotar, esparciendo estos sonidos interminables sobre territorios extranjeros reduciría inmediatamente a la población a la locura. Luego Uruguay, sin prisa, podía enviar su armada, dominar a los idiotizados y anexionar las tierras. Era una perspectiva más que atractiva.

El mundo estaba siendo arrastrado en esos momentos a una fase nacionalista. Los increíbles cánceres de la Guerra Mundial habían sido olvidados, los armamentos eran reconstruídos, el odio y el miedo se asentaban en cada ciudadela. La Convención de Ginebra había sido prolongada, pero sólo a fuerza de mudar el centro del desarme a una ciudad amurallada en una isla neutral y separar a los delegados en los barcos destructores preparados de sus respectivos países. El Congreso de los Estados Unidos se había apropiado de otro ciento de millones de dólares para su programa naval; Alemania había expulsado a los judíos y remoldeado el acero de sus cascos en forma más firme; el mundo volvía a vivir el prólogo de 1914.

Uruguay aguardó hasta que creyó que el momento era justo, luego atacó. Sobre los plácidos hemisferios, a la noche, se apresuraron veloces y fulgurantes aeroplanos, y así cayó sobre todo el planeta, excepto Uruguay, un sonido cuyo igual no había sido oído jamás en tierra o mar.

El efecto fue tal cual había sido predicho por Casablanca. En cuarenta y ocho horas los pueblos estaban perdidamente locos, destrozados por un ruido inerradicable, oídos deshechos, mentes errantes. Ninguna defensa había sido posible, ya que al minuto en que alguien se ponía al alcance del sonido, perdía su cordura y, al estar ido, demostraba ser inútil militarmente.

Luego de haber pasado los aviones, la vida continuó en gran parte como antes, excepto por el hecho de que era más segura al haber desaparecido la cordura. Nadie podía oír nada, salvo el ruido en su propia cabeza.

En el momento preciso en que la población había sido alcanzada por el ruido, se habían sucedido algunos incidentes bastante divertidos. Una señora de West Philadelphia resultó estar hablando con su carnicero por teléfono. "Gracias", acababa de decir, "por aceptar la devolución de ese filete en mal estado ayer. Y gracias", agregó mientras el avión sobrevolaba, "por inolvidables noches que nunca podré reemplazar". Operadores de linotipo en sus talleres cortaron en medio de las oraciones, como el que se hallaba armando una historia sobre un almirante en San Pedro: "Estoy tremendamente agradecido a todas las damas de San Pedro por la maravillosa hospitalidad que demostraron con los hombres de la flota durante nuestras recientes maniobras, y gracias por inolvidables noches que nunca podré reemplazar y gracias por inolvidables noches que nun...".

A toda apariencia la conquista de la Tierra por Uruguay era completa. Aún restaba, por supuesto, la ocupación formal por sus fuerzas armadas. Que sus tropas, en completa posesión de sus facultades, podían establecer su supremacía entre idiotas no se dudó ni un instante. Presumían que al no haber nada sino locura por combatir, la ocupación sería confortablemente estimulante y disfrutable. Suponían que sus locos enemigos harían algunas cosas bastante divertidas y pintorescas con sus acorazados y tanques, y luego se rendirían. Lo que fallaron en anticipar fue que sus enemigos, estando idos, no tenían intención de hacer la guerra en absoluto.

La ocupación resultó ser singularmente incruenta y poco vistosa. Por ejemplo, un destacamento de sus tropas aterrizó en Nueva York y se estableció en el edificio RKO, que se hallaba bastante vacío entonces, y no fueron más notorios en el pueblo que los Caballeros de Pythias. Uno de sus acorazados avanzó hacia Inglaterra y el oficial a cargo se enfureció tanto cuando ningún barco hostil salió a enfrentarlo que envió un radio-mensaje (que por supuesto nadie en Inglaterra escuchó): "¡Salgan, ratas cobardes!"

Fue la misma historia en todos lados. La supremacía de Uruguay nunca fue desafiada por sus tontos súbditos, y no fue casi advertida. Territorialmente su conquista fue magnífica; políticamente fue un fiasco. Los pueblos del mundo prestaron muy poca atención a los uruguayos y los uruguayos, por su parte, se hastiaron con muchos de sus dominados, en especial con los lituanos, a quienes no podían soportar. En todos lados seres locos vivían felizmente como niños, en sus cabezas el viejo refrán: "Y gracias por inolvidables noches...". Billones vivían satisfechos en un paraíso de tontos. La Tierra era generosa y había paz y plenitud. Uruguay contemplaba sus vastos dominios y veía cómo el suceso entero perdía autenticidad.

No fue hasta años después, cuando los descendientes de algunos de los primeros americanos idiotizados crecieron y recuperaron sus sentidos, que hubo un retorno generalizado de la cordura en el mundo; las fuerzas aéreas y terrestres restablecieron su poderío bélico, y se dio inicio a la vengativa lucha que con el tiempo involucró a todas las razas de la Tierra, arrasó Uruguay y destruyó la humanidad sin dejar rastros.


 Este texto fue publicado en The New Yorker el 25/11/1933.

martes 14 de febrero de 2012

Buenos Aires en 1891

DESCRIPCIÓN DE LA CAPITAL FEDERAL

Superficie: 170.000 hectáreas.
Población: 500.000 almas.

Plaza de Mayo y Palacio de Gobierno

El Distrito Federal de la capital está situado en la margen derecha del Río de la Plata.El Distrito Federal de la capital está dividido en catorce grupos de población, llamados parroquias en lo eclesiástico, juzgados de paz en lo civil y secciones en lo judicial. El Distrito Federal está gobernado por un Intendente que dura tres años en sus funciones, nombrado por el Senado nacional a propuesta del presidente de la República, y un Concejo Deliberante, cuyos miembros son elegidos a razón de dos por cada parroquia.

Avenida Leandro N. Alem

El Intendente y el Concejo Deliberante constituyen la Municipalidad. El Distrito Federal está representado en el Congreso nacional por nueve diputados y dos senadores, y tiene tribunales ordinarios de justicia que ejercen jurisdicción sobre el territorio federal.

Catedral Metropolitana y Pirámide de Mayo

La ciudad de Buenos Aires, capital federal de la República Argentina, es la ciudad más grande, rica y culta de la América del Sur. Su actividad comercial puede compararse a la de las ciudades más comerciales de Europa y Norteamérica. Tiene el puerto del Riachuelo y el gran puerto sobre el Plata aún no concluído.

Banco Hipotecario

Sus edificios públicos son soberbios y dignos de cualquier capital europea; de ellos citaremos: los Bancos de la Provincia e Hipotecario; la Catedral, el Palacio de Gobierno y la Bolsa embellecen la gran Plaza de Mayo, donde se levanta la histórica pirámide de Mayo que simboliza las más puras y grandes glorias del pueblo argentino; el Colegio Nacional, las Facultades de Derecho y Medicina; 64 suntuosos edificios de las Escuelas Graduadas, construidos de acuerdo con los preceptos de la higiene pedagógica, la Penitenciaría, el  primer establecimiento en su género en la América Meridional, el gran Teatro Colón; la espléndida y vasta Estación del Ferrocarril del Sud  e infinidad de otros que sería prolijo enumerar.

Cementerio de la Recoleta

Entre los numerosos e importantes establecimientos de instrucción sobresalen en primera línea: la Universidad, el Colegio Nacional, o instituto de enseñanza secundaria; Escuela de Artes y Oficios, la Escuela Militar, la Escuela Normal, el Instituto de Sordomudos, la Academia de Bellas Artes, la Biblioteca Nacional con 40.000 volúmenes y la Biblioteca Rivadavia.

Avenida de Mayo

Cuenta con 31 templos católicos y 6 templos de otros cultos. Buenos Aires cuenta con diez y nueve plazas, de las que citaremos únicamente: la de Mayo, donde se levanta la pirámide del 25 de Mayo; la de San Martín, en cuyo centro se levanta la estatua ecuestre del General San Martín; la del General Lavalle y la de la Libertad, donde está la estatua de Alsina.

Estación del ferrocarril 

De sus paseos públicos mencionaremos: Palermo y el Parque 3 de Febrero; la Recoleta y el Paseo de Julio, en la ribera del Plata. Entre las sociedades científicas: el Círculo Médico Argentino, el Instituto Geográfico y la Sociedad Científica.

Plaza San Martín

A pesar de que las condiciones naturales de Buenos Aires son poco ventajosas bajo del punto de vista de la higiene, podemos decir que ella está en las mejores condiciones de salubridad por las colosales obras, tales como cloacas y desagües que se han construido.

Puerto del Riachuelo

Todas las calles están adoquinadas, aún las de los alrededores de la ciudad, y provistas de aguas corrientes.

Paseo de Julio

VÍAS FÉRREAS

De la capital parten cinco vías férreas hacia distintas direcciones de la provincia de Buenos Aires.

La del Norte va al Tigre.

La de Campana va al Rosario.

La del Oeste va a San José de Flores, Morón, Villa de Luján, Mercedes, Chivilcoy y Nueve de Julio.

La del Sur llega al Azul y Bahía Blanca, y toca en Chascomús y Dolores con un ramal desde las Flores a Ayacucho.

La cuarta línea va de la capital a la Boca del Riachuelo, Quilmes y Ensenada y con ramal a La Plata.

Puente Alsina

TRANVÍAS

Todas las calles están recorridas por tranvías que hacen muy fácil la comunicación de las diversas partes de la ciudad.

TELÉFONOS

El teléfono liga todos los barrios de la ciudad y ésta con las poblaciones inmediatas.

Ciudad y Distrito Federal de Buenos Aires

La capital cuenta con numerosos e importantes establecimientos industriales, tales como fábricas de fideos, harinas, cerveza, licores, fundiciones, fábricas de papel, tejidos, etc., etc. Buenos Aires es la ciudad más comercial de la América del Sur.


De "Nociones de Geografía: América del Sur" de Luis Cincinato Bollo; A. Barreiro y Ramos editor, Montevideo, 1891.

lunes 13 de febrero de 2012

Transferencia de poderes

Un  cuento de Theodore  L. Thomas

"Los aviones pasan", pintura de Raymond Georgein.

UNA NUEVA "GUERRA DE LOS MUNDOS"

El general Paúl T. Tredway era un hombre arrogante, dotado del defecto imperdonable de tener siempre razón. Cuando el objeto apareció en el cielo en 1979, el general Tredway adoptó todas las decisiones. Por encima del norte de Groenlandia, a la altura de la península de Yamal, el objeto suscitó la alarma de todos los puestos de vigilancia desde la DEW1 Line hasta el radar del aeropuerto nacional de Filadelfia. Al estudiar los primeros informes, el general Tredway concluyó que los movimientos del objeto eran anormales; volaba demasiado tiempo a una altura excesivamente baja. En consecuencia, y con su colosal confianza en sí mismo, prohibió el lanzamiento de cohetes de intercepción. El objeto descendió sobre los montes Pocono y se estrelló al sudeste de Pennsylvania.

Cuando llegó el general Tredway con las tropas, el objeto brillaba siempre con un tono rojo siniestro y aún ardía la casa que había aplastado al caer. El general ordenó formar un cordón de seguridad e hizo una rápida investigación. El objeto metálico, de cincuenta pies de largo y treinta de diámetro, en forma de pelota de fútbol, se hallaba demasiado caliente para ser observado de cerca. El general hizo inmediatamente lo que debía hacerse, estableció un cuartel general y solicitó el equipo necesario. Sin palabras ni ademanes inútiles, preparó el plan definitivo.

Los científicos llegaron al mismo tiempo que los trajes de amianto necesarios para aproximarse al objeto. Tanques y otros vehículos se dirigían hacia el lugar de la caída. Radios y espectrógrafos barrían todas las frecuencias, ¿pero qué buscaban? Nadie sabía lo que iba a suceder pero nadie se preocupaba por ello: el general Tredway se hallaba en el terreno y nadie tenía tiempo para pensar en otra cosa que en su trabajo. Los artilleros se hallaban sentados con los ojos pegados en el visor, abstraídos en los planes de tiro. Los ayudantes metían la nariz en las municiones. Los choferes esperaban con las manos sobre el volante y los motores en marcha. Detrás de ese círculo de acero se elevaba una fortificación aun más consistente. Después estaban las instalaciones de los técnicos en las cuales se hallaba el material científico. Más atrás aun se apiñaban los periodistas firmemente contenidos por tropas armadas. El sitio mismo era una extraña mezcla de hombres rígidos, inmóviles, y hombres en febril actividad.

Al cabo de una hora, la circunstancia que el general Tredway siempre había sospechado se confirmó: el objeto no era de origen terrestre. La aleación de que estaba hecho era muy conocida a elevada temperatura, pero no existía ninguna tecnología terrestre que pudiera moldear una sola pieza con esa forma, esa dimensión y esa estructura. Los estudios de la masa y los sondeos ultrasónicos demostraban que el objeto era hueco, pero con un material en su interior diferente del material exterior. Fue entonces cuando el general Tredway reorganizó completamente sus líneas de fuego y elaboró un plan de acción que hizo abrir desmesuradamente los ojos a sus subordinados.

Por orden del general, todo lo que se decía en el terreno se retransmitía por radio y se registraba en lugar seguro cincuenta millas más lejos. Y fue la difusión del último plan de acción del general lo que produjo las primeras protestas tímidas. Pero el general siguió adelante.

El objeto había perdido sus siniestras luces calientes cuando se percibieron las primeras manifestaciones de actividad en su interior. El general Tredway hizo retroceder inmediatamente a todo el personal más allá del cordón de acero. El circulo mismo se acorazó; cuando un círculo de hombres tira hacia un mismo objetivo, deben preverse bajas. En la parte superior del objeto apareció entonces, con ruido de metal torturado, un círculo de tres pies que comenzó a girar. A medida que giraba, se separaba del cuerpo principal del objeto y pronto pudieron verse roscas de tornillos. Una especie de torreta surgió silenciosamente, como el robinete de un barril. Luego se escuchó un débil ruido metálico y la torreta retrocedió unos centímetros: la última tuerca se había separado. Hubo una pausa. El pesado silencio fue roto por un ruido de pulsaciones provenientes del objeto, prosiguió durante cuarenta y cinco segundos y luego cesó. Entonces, sin un ruido de más, la torreta comenzó a elevarse girando sobre su borde norte.

En tono coloquial, como si hablara en un aula de clase, el general Tredway ordenó que los sectores nordeste y noroeste del circulo se pusieran completamente a cubierto. La torreta se elevó hasta que se vio al fin la parte inferior, de un color negro, triste y opaco; luego, al continuar elevándose, se observó una masa bulbosa semejante a un pimpollo semiabierto. En el centro de la masa brillaba una suave luz violeta, que el ojo podía distinguir a pesar del ardiente sol de Pennsylvania.

Las balas de las ametralladoras chocaron primeramente con la masa y luego se vio rebotar las balas luminosas. Instantes después, las cargas de cohetes hicieron blanco en la masa y la pulverizaron. Las armas de 150 y 101 y los bazookas hicieron llover granizo de acero sobre la arista de la torreta y gran parte de los proyectiles cayeron dentro del objeto: eran granadas de explosión tardía que penetraron y explotaron dentro.

Un lanzallamas blindado se apartó del círculo para avanzar, seguido de dos autoametralladoras. Cuando llegó a- unos cir-cuenta metros de distancia, una delgada lengua de fuego salió de la nariz del tanque y salpicó al objeto que desapareció en medio de un Niágara de llamas. Una ligera corrección y el Niágara se sumergió en la cavidad abierta en el suelo. El tanque se aproximó y los fusiles se interrumpieron en seguida. Un grito penetrante suspendido en el aire cesó bruscamente.

Volutas de llamas salían de la cavidad abierta en el suelo, el tanque apagó su dispositivo de encendido y se limitó a vaciar su combustible en el objeto. Hombres con trajes de amianto saltaron desde los camiones y clavaron un tubo de metal en el interior del objeto. Luego comenzaron a funcionar compresores y una bocanada de oxígeno a alta presión pasó por el tubo, asegurando la combustión completa de todo lo que había en el interior del objeto. Durante tres minutos, los hombres arrojaron combustible y oxígeno en el interior del objeto, introduciendo aun más el tubo a medida que su extremo se fundía. Las llamas mordían el cielo. El calor era muy elevado y los hombres eran protegidos por chorros de agua continuos. Luego todo terminó.

El general Tredway confió las escorias ardientes al análisis de los científicos y luego reunió a sus hombres para hacer la crítica de la operación. Pero mientras se realizaba, anuncióse la aparición de un segundo objeto. Los radares se hallaban listos. El general Tredway había previsto que si llegaba un objeto, podía venir otro. Cayó a veinticinco millas al oeste del primero, cerca de Florin. El general Tredway y sus hombres se habían puesto en camino mucho antes del impacto. Llegaron veinte minutos después del choque. Los preparativos fueron idénticos, aunque mejor preparados. Los soldados se desplazaron con mayor seguridad y menos movimientos inútiles. Pero mientras proseguía la fase de enfriamiento, llegaron olas de protestas desde "Washington. "¡Es terrible!" "El primer contacto"... "Se los ha exterminado como la peste..." "Relaciones cordiales..." "... espíritu militar." Las protestas adquirieron carácter oficial precisamente antes de que se abriese la torreta del segundo objeto. En el mismo momento en que los cohetes abrían el fuego sobre el pimpollo apenas abierto llegó una orden suspendiendo la autoridad del general Tredway. La exterminación continuó como estaba previsto. Sin esperar el final de la operación, el general Tredway saltó a un helicóptero para cubrir las 100 millas que lo separaban de Washington, donde llegó en media hora.

Una de las características de la democracia es que en caso de peligro media docena de hombres puede hablar en nombre de todo el país. El general Tredway hizo su entrada en una sala de conferencias de la Casa Blanca donde lo esperaban el presidente, el vicepresidente, los presidentes del Senado y de la Cámara de Representantes, el jefe de la oposición y un miembro del gabinete. En seguida estalló la tormenta. 

"Siéntese, general, y explíquenos el sentido de su reprobable conducta. ¿Qué se propone? ¿Transformarnos a todos en carniceros? No ha dado una oportunidad a esas criaturas. Hemos tenido la oportunidad de aprender algo, incluso de aprender mucho y usted los ha ultimado y ha destruido su equipo".

El general Tredway se mantenía sentado e inmóvil, en espera de que cesara ese tiro graneado verbal. Dijo entonces: "¿Puede alguno de ustedes presentar alguna prueba de sus intenciones pacíficas? ¿Una sola prueba?"

Reinó el silencio durante un momento. El presidente dijo: "¿Qué prueba tiene usted de su agresividad? Usted les dio muerte antes de que pudiera comprobarse nada."

El general Tredway sacudió la cabeza y pronunció las siguientes palabras con un tono de desdén familiar: "Fueron ellos los que aterrizaron en nuestro planeta. A ellos les correspondía hallar un medio para convencernos de sus sentimientos amistosos. Pero aterrizaron sin previo aviso y con un completo desprecio por la vida humana. El primero de sus cohetes destruyó una casa y dio muerte a un hombre. Esas son pruebas suficientes de su hostilidad." Y no pudo dejar de agregar: "Si ustedes se toman la molestia de verlos." El presidente se sonrojó y dijo en tono cortante: "No opino lo mismo. Podrían haberlos tenido bajo sus armas ya que contaban con suficiente artillería como para neutralizar un ejército. Ya hubieran tenido tiempo suficiente para abrir el fuego si ellos hubieran demostrado alguna hostilidad." El presidente de la Cámara se inclinó y tomó un paquete de telegramas que había en la mesa. Golpeó la pila con el índice y dijo: "Son algunos de los miles de cables que hemos recibido. Y provienen de ciudadanos eminentes —educadores, sabios, estadistas—. Todos coinciden en que usted se ha comportado muy imprudentemente. Ha destruido una importante fuente de conocimiento para la raza humana." 

"Ninguno de ellos es soldado, dijo el general. No creo que sepan algo de ataque y defensa".

El presidente de la Cámara asintió con la cabeza y sacó otro telegrama de un bolsillo. El general Tredway, que previo lo que vendría, debió admirar la táctica; ese hombre era presidente por algo. "He aquí —dijo— una respuesta a mi telegrama. Procede del estado mayor. ¿Le interesa leerlo?" Todos miraron fijamente al general, pero él movió con frialdad la cabeza. "No; estoy convencido de que ellos tampoco comprenden el problema." 

"Un mo..." Un coronel penetró en la sala y murmuró algo al oído del presidente. El presidente hizo retroceder su silla, pero no se levantó. Dijo afirmativamente: "Bueno, que Barnes se ocupe de ello. Y trate de que no tire si no se produce una amenaza visible. ¿Ha comprendido? Asegúrese de ello. No quiero más matanzas inútiles." El coronel salió. El presidente se volvió hacia los presentes y leyó la comprensión en los rostros que rodeaban la mesa. Hizo un ademán con la cabeza y dijo: "Sí, hay otro. Y esta vez actuaremos inteligentemente. Sólo espero que los otros dos no hayan transmitido al tercero que nosotros somos una banda de asesinos".

"Ninguno de los dos primeros ha podido enviar una información de esa naturaleza. Me he encargado de vigilar".

"¿Sí? Bueno, es lo único sensato que ha hecho usted. Quiero que vea como debe actuarse". En los instantes que siguieron, el general Tredway trató de convencer a los demás para que adoptaran  su punto de vista. Pero sólo consiguió enfurecerlos. Cuando llegó el momento de la apertura del tercer objeto, el grupo temblaba de furor. Se pegaron a la pantalla de la televisión para ver como actuaba el general Barnes.

El general Tredway permanecía de pie detrás de los demás, contemplando la torreta apuntada. El general Barnes empleaba la misma formación que él había dispuesto: el cordón de acero era igualmente poderoso.

Apareció el color negro ya familiar de la parte inferior de la torreta, seguido inmediatamente por el cono reluciente del pimpollo. El general Tredway hizo restallar sus dedos y el sonido rompió el silencio de la sala. Los hombres que se hallaban cerca del aparato de televisión se sobresaltaron y se volvieron hacia Tredway exasperados. Sus ojos apenas alcanzaron a posarse nuevamente sobre la pantalla cuando se produjo la cosa.

Un delgado rayo de suave luz violeta se deslizó desde el centro del pimpollo hacia el borde del círculo de acero. El rayo giraba como el fanal de un faro, pero mucho más rápidamente. Todo lo que lo rodeaba fue aniquilado. Destruyó tanques, camiones, cañones y hombres, círculo tras círculo. Las explosiones estremecían el terreno a medida que detonaban los explosivos. La misma torreta, netamente cortada, rodó pesadamente por el suelo ¿unto al objeto. El rayo mordió el suelo dejando cintas de metal retorcido. En tres segundos, el terreno sólo fue una masa de metal en fusión, de rocas fundidas y de cuerpos desgarrados, de llamas, humo y sordos estrépitos. Dos segundos después, el rayo alcanzó a las cámaras de televisión y la pantalla se apagó.

Los hombres que se hallaban próximos al televisor quedaron silenciosos y sombríos. Fue el momento que eligió el coronel para volver a anunciar con calma que había aparecido un cuarto objeto y que su probable punto de impacto se hallaba a dos millas al este de Harrisburg.

El grupo se volvió, como un solo hombre, hacia el general Tredway, pero este último no prestó mayor atención a ello. Caminaba de un lado al otro de la sala mordiéndose el labio inferior y arrugando el ceño. 

"General, dijo el presidente, yo... yo creo que usted tenía razón. Estas cosas son monstruos. ¿Quiere encargarse del próximo objeto?

El general Tredway se detuvo y dijo: "Sí, pero me parece bien explicar ahora lo que ello supone. Quiero que todo vehículo en condiciones converja hacia el cuarto objeto, pues el que ha escapado tratará de protegerlo. Quiero que todo avión y helicóptero en condiciones de volar lo persiga y ataque continuamente. Quiero que todo cohete disponible sea puesto en su plataforma y lanzado de inmediato. Quiero que todas las bombas de fusión y de fisión que tenemos sean lanzadas contra el cuarto objeto mediante la artillería, cohetes y aviones. Tal vez alguna de ellas dará en el blanco. Quiero que se haga un pedido a Canadá, Brasil, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y Rusia para que lancen inmediatamente bombas H en el lugar de descenso del cuarto objeto. Así tendremos tal vez una posibilidad de detenerlos. ¡Vamos!"

El presidente lo miró fijamente: "¿Se ha vuelto usted loco? Nunca daría semejantes órdenes. ¿Quiere usted destruir toda nuestra costa?"

El general asintió. "Sí, toda, desde Richmond a Pittsburg, hasta Siracusa, creo; tal vez más. Las repercusiones se harán sentir quizás más lejos. No hay otra solución." 

"Es una locura. Yo no haré tal cosa".

El presidente de la Cámara se adelantó y dijo: "Señor presidente, creo que debe usted reconsiderar el problema. Ya ha visto lo que puede hacer un objeto; imagínese dos de ellos en acción. Temo que el general tenga razón." 

"No sea tonto".

El vicepresidente se adelantó al lado del presidente y dijo: "Estoy de acuerdo con el presidente. Nunca oí una proposición más absurda." Hubo un momento de gélido silencio. El general miró a los tres hombres. Luego, lentamente y con determinación, desprendiose el cinturón y extrajo su revólver. Empuñó la culata e hizo fuego a quemarropa, cambió en seguida la orientación del arma y volvió a disparar. Se adelantó luego hacia la mesa y dejó allí el arma. Luego se volvió hacia el presidente de la Cámara y dijo: "Señor presidente, queda poco tiempo. ¿Impartirá usted las órdenes necesarias?"


1.- Distant Early Warning: red de vigilancia del cielo, destinada a alertar a la defensa contra los cohetes antes de que se produzca el impacto de dichos proyectiles.


Este cuento fue publicado en  la revista "Planeta",  Nº 13, diciembre de 1966.

domingo 12 de febrero de 2012

A los señores maestros


A los niños les gusta saber, y sin embargo sucede que no quieren estudiar. Ese proceder del niño nace de la dificultad que encuentra su tierna inteligencia para comprender y asimilar lo que no está escrito para él; por eso el estudio le resulta tan penoso.

Aliviar al niño en sus tareas escolares; facilitarle en lo posible, lo que debe aprender; hacerle interesante lo que debe estudiar; fue nuestra aspiración. Para conseguir nuestro objeto hemos sido concisos, porque muchas palabras alejan al niño de la idea principal, y hemos escrito con sencillez porque  eso es lo que el niño quiere y así nos seguirá con gusto. ¿Hemos conseguido tal fin?

Responderán los maestros que adopten nuestro libro y vean que él facilita su tarea y la de sus alumnos. Por nuestra parte agradeceríamos a los señores maestros se sirvan formularnos las observaciones que su experiencia les dicte a fin de que, en otras ediciones, podamos introducir en este libro, todas las innovaciones necesarias para hacerlo más interesante y más útil.


Prólogo del "Manual del Niño: nociones preliminares de Gramática, Aritmética, Geometría, Historia, Geografía y Ciencias"; Escuelas Profesionales Talleres Don Bosco, Montevideo, 1939.

sábado 11 de febrero de 2012

Un reportaje exclusivo

por Isidro Más de Ayala

Arnold Toynbee fotografiado por Frank Scherschel para la revista Life en 1947.

Luchando contra la rivalidad de los otros cronistas que allí estaban  con análogos propósitos que nosotros, y venciendo también la barrera del sonido -esto es el ruido del poderoso cuatrimotor que acababa de llegar al aeródromo de Carrasco-, nos aproximamos al pie de la escalerilla por donde debían descender los pasajeros embarcados en Londres y, entre ellos, de paso para Buenos Aires, aquel a quien debíamos reportear: Mr. Arnold Toynbee, profesor de Investigaciones de de Historia Internacional en la Universidad de Londres, director de estudios del Real Instituto de Asuntos Internacionales, autor de la celebrada obra "Estudio de la Historia". Como es sabido, el famoso profesor realiza este viaje con el propósito de escribir sobre los diversos países de América Latina.

Los historiadores son siempre gentes que sueñan al revés; por eso no se sabe, cuando se les despierta, de que siglos desembarcarán. Justamente, desembarcaba en esos momentos míster Toynbee. Lentamente, sin precipitaciones, como corresponde a un hombre que está escribiendo la historia del género humano en veinte tomos, descendió por la pasarela. Traje gris de paño inglés, pero dibujo escocés. En el brazo derecho, un portafolio estampillado. En el izquierdo, un overcoat, una guía turística y un aparato fotográfico, importado. En los ojos, una mirada brillante, inteligente, y en la cabeza la gorra a cuadros propia de todos los investigadores, ingleses, sean policías, bacteriólogos o historiadores.

Después que hicimos las respectivas presentaciones, acompañados de vigorosos "shake hands" y dado que, como lo anunció un altoparlante, la escala sería solamente de treinta minutos, pasamos al bar del aeródromo, donde accedió a nuestra invitación y, frente a dos whiskys, iniciamos el interrogatorio:

- Usted, míster Toynbee, que acaba de ver a nuestro país desde el aire, ¿se habrá dado cuenta que es una isla? Como usted los habrá visto, está rodeada por agua en las tres cuartas partes de sus límites. Río de la Plata, río Uruguay, río Cuareim, Yaguarón, Laguna Merín y Chuy. Solo está unido al continente en dos partes: Rivera y Rocha, por donde apenas pasa una que otra lata de guayabada, una que otra botella de Marumbí. A veces, un auto nuevo. Somos, pues geográficamente una isla. Y también por nuestro carácter. Repare usted, míster Toynbee: ¿no cree que nuestro carácter regionalista, de alegrías y penas colectivas, de nacionalismo deportivo, es el resultado psicológico de nuestra condición geográfica de isleños? Nos apasionamos por todo lo que nos interesa, y ponemos en ello una pasión de provincianos que están defendiendo los prestigios de su campanario. ¿Qué le parece Mr. Toynbee?

Nuestro ilustre reporteado levantó los hombre, abrió las manos y enarcó las cejas. No necesitamos más para comprender que el talentoso autor de "La Génesis de las Civilizaciones" quería decir: -¡No hay vueltas que darle! Estimulados por su autorizada aprobación, continuamos la "interview" con una nueva pregunta:

- La obtención de un campeonato paraliza por entero las actividades nacionales. Y, a su vez, una goleada adversa provoca un colapso nacional. Este interés de todos por cada cosa, esta solidaridad colectiva, explica la vergüenza deportiva que llamamos "sangre charrúa": en cada emergencia -match, congreso, raid, concierto o recital- el uruguayo se sabe representando a todo el país que en él tiene puestos los ojos. O como aquí se dice, no sé si usted sabrá: "vistiendo la celeste". Por eso, se rompe todo. Esto es propio del carácter isleño, regionalista. Somos, Mr. Toynbee, una isla de dos millones y medio de habitantes. Como usted lo vió desde el avión, el Uruguay es una pera colgada del vientre del continente.

Mi ilustre reporteado no apartaba de mí sus ojos llenos de interés y con repetidos: -¡Yes! ¡yes! ¡All right! ¡All right! mostraba su total acuerdo con mis palabras. Hizo un silencio que yo aproveché para ubicar una breve reflexión.

- Usted sabe, sin duda que nuestros primeros pobladores fueron también isleños; familias canarias que trajeron de sus islas los hábitos y cualidades y hasta las cabras de Las Palmas y Tenerife. También tiene nuestro país, como toda isla, sus emigraciones para el continente: hasta hace unos años el 10% de los uruguayos se iba a la Argentina, pues en una isla no hay sitio para todos. Otros iban al Brasil. Ahora van a la Unesco. A propósito, ¿otro whisky, Mr. Toynbee? Un "steward" inteligente y rápido hizo reposición de whiskys. Proseguimos el interrogatorio:

- ¿Con agua o soda, Mr. Toynbee? ¿Solo? ¿Dos o tres pedacitos de hielo? ¿Puro? Otra pregunta, si me permite: usted afirma en la solapa del tomo I de su obra "Estudio de la Historia" -si he entendido bien- que el grado de cultura alcanzado por la civilización es la resultante de las cualidades anímicas de los pobladores y las condiciones telúricas de las tierras que encuentran. Ahora bien, sobre el escenario vasto, vacío de América, con sus selvas, llanuras, ríos y piedras se extendió la conquista europea con sus pobladores que traían ya hábitos y cultura constituidos. Por eso, en América, el paisaje y el habitante no se corresponden. Y ésa es la razón del desacomodo en que nos encontramos: resultó como poner paja para sombreros dentro de una horma para hacer zapatos de cuero. ¿Me comprende?

Mr. Toynbee, sorprendido y admirado ante la audacia de mi imagen, aprobaba con movimientos verticales de cabeza y repetidos -¡Yes, yes, yes! El mozo creyó que lo llamaba. Y antes de que yo pudiera intervenir, -ocupado en poner en orden los apuntes que iba tomando- el ilustre profesor pagó los seis whiskys y se levantó.

Lo acompañamos hasta el magnífico cuatrimotor, pronto para partir. Conversando animadamente, pasamos frente a mis colegas de otros diarios que no habían abordado al viajero creyendo que no comprendía el castellano. ¡Qué chasco! Por razones de compañerismo no describiré el sentimiento que se leía en sus ojos al verme en este mano a mano con el profesor inglés. Se me ocurrió, por último, una pregunta muy singular:

- ¿Qué opina sobre nuestra playas, que constituyen por la belleza de sus costas y la calidad de la arena nuestro más legítimo orgullo? Díganos algo.

Vimos que Mr. Toynbee, como hombre de ciencia, buscaba el término exacto, pero con la lentitud nórdica. Extendió ambos brazos abiertos. Con nuestra rapidez latinoamericana comprendimos:

- ¿Qué son muy extensas? ¿No?

- ¡Oh, yes, yes! ¡All right!

Antes de ascender, Mr. Toynbee, muy sencillamente, quiso, sin duda, como recuerdo de Montevideo, sacarme una foto. Me hizo posar al efecto tomando notas al pie de la pasarela. Me agradeció con un último "shake hands" y su más brillante sonrisa, y se perdió dentro del cuatrimotor.

Con las notas de sus declaraciones exclusivas corrí a escribir este reportaje, que no sé todavía a que periódico de Nueva York venderé.


De "Montevideo y su cerro" de Isidro Más de Ayala; Editorial Galería Libertad, Montevideo, 1960.