lunes, 13 de febrero de 2012

Transferencia de poderes

Un  cuento de Theodore  L. Thomas

"Los aviones pasan", pintura de Raymond Georgein.

UNA NUEVA "GUERRA DE LOS MUNDOS"

El general Paúl T. Tredway era un hombre arrogante, dotado del defecto imperdonable de tener siempre razón. Cuando el objeto apareció en el cielo en 1979, el general Tredway adoptó todas las decisiones. Por encima del norte de Groenlandia, a la altura de la península de Yamal, el objeto suscitó la alarma de todos los puestos de vigilancia desde la DEW1 Line hasta el radar del aeropuerto nacional de Filadelfia. Al estudiar los primeros informes, el general Tredway concluyó que los movimientos del objeto eran anormales; volaba demasiado tiempo a una altura excesivamente baja. En consecuencia, y con su colosal confianza en sí mismo, prohibió el lanzamiento de cohetes de intercepción. El objeto descendió sobre los montes Pocono y se estrelló al sudeste de Pennsylvania.

Cuando llegó el general Tredway con las tropas, el objeto brillaba siempre con un tono rojo siniestro y aún ardía la casa que había aplastado al caer. El general ordenó formar un cordón de seguridad e hizo una rápida investigación. El objeto metálico, de cincuenta pies de largo y treinta de diámetro, en forma de pelota de fútbol, se hallaba demasiado caliente para ser observado de cerca. El general hizo inmediatamente lo que debía hacerse, estableció un cuartel general y solicitó el equipo necesario. Sin palabras ni ademanes inútiles, preparó el plan definitivo.

Los científicos llegaron al mismo tiempo que los trajes de amianto necesarios para aproximarse al objeto. Tanques y otros vehículos se dirigían hacia el lugar de la caída. Radios y espectrógrafos barrían todas las frecuencias, ¿pero qué buscaban? Nadie sabía lo que iba a suceder pero nadie se preocupaba por ello: el general Tredway se hallaba en el terreno y nadie tenía tiempo para pensar en otra cosa que en su trabajo. Los artilleros se hallaban sentados con los ojos pegados en el visor, abstraídos en los planes de tiro. Los ayudantes metían la nariz en las municiones. Los choferes esperaban con las manos sobre el volante y los motores en marcha. Detrás de ese círculo de acero se elevaba una fortificación aun más consistente. Después estaban las instalaciones de los técnicos en las cuales se hallaba el material científico. Más atrás aun se apiñaban los periodistas firmemente contenidos por tropas armadas. El sitio mismo era una extraña mezcla de hombres rígidos, inmóviles, y hombres en febril actividad.

Al cabo de una hora, la circunstancia que el general Tredway siempre había sospechado se confirmó: el objeto no era de origen terrestre. La aleación de que estaba hecho era muy conocida a elevada temperatura, pero no existía ninguna tecnología terrestre que pudiera moldear una sola pieza con esa forma, esa dimensión y esa estructura. Los estudios de la masa y los sondeos ultrasónicos demostraban que el objeto era hueco, pero con un material en su interior diferente del material exterior. Fue entonces cuando el general Tredway reorganizó completamente sus líneas de fuego y elaboró un plan de acción que hizo abrir desmesuradamente los ojos a sus subordinados.

Por orden del general, todo lo que se decía en el terreno se retransmitía por radio y se registraba en lugar seguro cincuenta millas más lejos. Y fue la difusión del último plan de acción del general lo que produjo las primeras protestas tímidas. Pero el general siguió adelante.

El objeto había perdido sus siniestras luces calientes cuando se percibieron las primeras manifestaciones de actividad en su interior. El general Tredway hizo retroceder inmediatamente a todo el personal más allá del cordón de acero. El circulo mismo se acorazó; cuando un círculo de hombres tira hacia un mismo objetivo, deben preverse bajas. En la parte superior del objeto apareció entonces, con ruido de metal torturado, un círculo de tres pies que comenzó a girar. A medida que giraba, se separaba del cuerpo principal del objeto y pronto pudieron verse roscas de tornillos. Una especie de torreta surgió silenciosamente, como el robinete de un barril. Luego se escuchó un débil ruido metálico y la torreta retrocedió unos centímetros: la última tuerca se había separado. Hubo una pausa. El pesado silencio fue roto por un ruido de pulsaciones provenientes del objeto, prosiguió durante cuarenta y cinco segundos y luego cesó. Entonces, sin un ruido de más, la torreta comenzó a elevarse girando sobre su borde norte.

En tono coloquial, como si hablara en un aula de clase, el general Tredway ordenó que los sectores nordeste y noroeste del circulo se pusieran completamente a cubierto. La torreta se elevó hasta que se vio al fin la parte inferior, de un color negro, triste y opaco; luego, al continuar elevándose, se observó una masa bulbosa semejante a un pimpollo semiabierto. En el centro de la masa brillaba una suave luz violeta, que el ojo podía distinguir a pesar del ardiente sol de Pennsylvania.

Las balas de las ametralladoras chocaron primeramente con la masa y luego se vio rebotar las balas luminosas. Instantes después, las cargas de cohetes hicieron blanco en la masa y la pulverizaron. Las armas de 150 y 101 y los bazookas hicieron llover granizo de acero sobre la arista de la torreta y gran parte de los proyectiles cayeron dentro del objeto: eran granadas de explosión tardía que penetraron y explotaron dentro.

Un lanzallamas blindado se apartó del círculo para avanzar, seguido de dos autoametralladoras. Cuando llegó a- unos cir-cuenta metros de distancia, una delgada lengua de fuego salió de la nariz del tanque y salpicó al objeto que desapareció en medio de un Niágara de llamas. Una ligera corrección y el Niágara se sumergió en la cavidad abierta en el suelo. El tanque se aproximó y los fusiles se interrumpieron en seguida. Un grito penetrante suspendido en el aire cesó bruscamente.

Volutas de llamas salían de la cavidad abierta en el suelo, el tanque apagó su dispositivo de encendido y se limitó a vaciar su combustible en el objeto. Hombres con trajes de amianto saltaron desde los camiones y clavaron un tubo de metal en el interior del objeto. Luego comenzaron a funcionar compresores y una bocanada de oxígeno a alta presión pasó por el tubo, asegurando la combustión completa de todo lo que había en el interior del objeto. Durante tres minutos, los hombres arrojaron combustible y oxígeno en el interior del objeto, introduciendo aun más el tubo a medida que su extremo se fundía. Las llamas mordían el cielo. El calor era muy elevado y los hombres eran protegidos por chorros de agua continuos. Luego todo terminó.

El general Tredway confió las escorias ardientes al análisis de los científicos y luego reunió a sus hombres para hacer la crítica de la operación. Pero mientras se realizaba, anuncióse la aparición de un segundo objeto. Los radares se hallaban listos. El general Tredway había previsto que si llegaba un objeto, podía venir otro. Cayó a veinticinco millas al oeste del primero, cerca de Florin. El general Tredway y sus hombres se habían puesto en camino mucho antes del impacto. Llegaron veinte minutos después del choque. Los preparativos fueron idénticos, aunque mejor preparados. Los soldados se desplazaron con mayor seguridad y menos movimientos inútiles. Pero mientras proseguía la fase de enfriamiento, llegaron olas de protestas desde "Washington. "¡Es terrible!" "El primer contacto"... "Se los ha exterminado como la peste..." "Relaciones cordiales..." "... espíritu militar." Las protestas adquirieron carácter oficial precisamente antes de que se abriese la torreta del segundo objeto. En el mismo momento en que los cohetes abrían el fuego sobre el pimpollo apenas abierto llegó una orden suspendiendo la autoridad del general Tredway. La exterminación continuó como estaba previsto. Sin esperar el final de la operación, el general Tredway saltó a un helicóptero para cubrir las 100 millas que lo separaban de Washington, donde llegó en media hora.

Una de las características de la democracia es que en caso de peligro media docena de hombres puede hablar en nombre de todo el país. El general Tredway hizo su entrada en una sala de conferencias de la Casa Blanca donde lo esperaban el presidente, el vicepresidente, los presidentes del Senado y de la Cámara de Representantes, el jefe de la oposición y un miembro del gabinete. En seguida estalló la tormenta. 

"Siéntese, general, y explíquenos el sentido de su reprobable conducta. ¿Qué se propone? ¿Transformarnos a todos en carniceros? No ha dado una oportunidad a esas criaturas. Hemos tenido la oportunidad de aprender algo, incluso de aprender mucho y usted los ha ultimado y ha destruido su equipo".

El general Tredway se mantenía sentado e inmóvil, en espera de que cesara ese tiro graneado verbal. Dijo entonces: "¿Puede alguno de ustedes presentar alguna prueba de sus intenciones pacíficas? ¿Una sola prueba?"

Reinó el silencio durante un momento. El presidente dijo: "¿Qué prueba tiene usted de su agresividad? Usted les dio muerte antes de que pudiera comprobarse nada."

El general Tredway sacudió la cabeza y pronunció las siguientes palabras con un tono de desdén familiar: "Fueron ellos los que aterrizaron en nuestro planeta. A ellos les correspondía hallar un medio para convencernos de sus sentimientos amistosos. Pero aterrizaron sin previo aviso y con un completo desprecio por la vida humana. El primero de sus cohetes destruyó una casa y dio muerte a un hombre. Esas son pruebas suficientes de su hostilidad." Y no pudo dejar de agregar: "Si ustedes se toman la molestia de verlos." El presidente se sonrojó y dijo en tono cortante: "No opino lo mismo. Podrían haberlos tenido bajo sus armas ya que contaban con suficiente artillería como para neutralizar un ejército. Ya hubieran tenido tiempo suficiente para abrir el fuego si ellos hubieran demostrado alguna hostilidad." El presidente de la Cámara se inclinó y tomó un paquete de telegramas que había en la mesa. Golpeó la pila con el índice y dijo: "Son algunos de los miles de cables que hemos recibido. Y provienen de ciudadanos eminentes —educadores, sabios, estadistas—. Todos coinciden en que usted se ha comportado muy imprudentemente. Ha destruido una importante fuente de conocimiento para la raza humana." 

"Ninguno de ellos es soldado, dijo el general. No creo que sepan algo de ataque y defensa".

El presidente de la Cámara asintió con la cabeza y sacó otro telegrama de un bolsillo. El general Tredway, que previo lo que vendría, debió admirar la táctica; ese hombre era presidente por algo. "He aquí —dijo— una respuesta a mi telegrama. Procede del estado mayor. ¿Le interesa leerlo?" Todos miraron fijamente al general, pero él movió con frialdad la cabeza. "No; estoy convencido de que ellos tampoco comprenden el problema." 

"Un mo..." Un coronel penetró en la sala y murmuró algo al oído del presidente. El presidente hizo retroceder su silla, pero no se levantó. Dijo afirmativamente: "Bueno, que Barnes se ocupe de ello. Y trate de que no tire si no se produce una amenaza visible. ¿Ha comprendido? Asegúrese de ello. No quiero más matanzas inútiles." El coronel salió. El presidente se volvió hacia los presentes y leyó la comprensión en los rostros que rodeaban la mesa. Hizo un ademán con la cabeza y dijo: "Sí, hay otro. Y esta vez actuaremos inteligentemente. Sólo espero que los otros dos no hayan transmitido al tercero que nosotros somos una banda de asesinos".

"Ninguno de los dos primeros ha podido enviar una información de esa naturaleza. Me he encargado de vigilar".

"¿Sí? Bueno, es lo único sensato que ha hecho usted. Quiero que vea como debe actuarse". En los instantes que siguieron, el general Tredway trató de convencer a los demás para que adoptaran  su punto de vista. Pero sólo consiguió enfurecerlos. Cuando llegó el momento de la apertura del tercer objeto, el grupo temblaba de furor. Se pegaron a la pantalla de la televisión para ver como actuaba el general Barnes.

El general Tredway permanecía de pie detrás de los demás, contemplando la torreta apuntada. El general Barnes empleaba la misma formación que él había dispuesto: el cordón de acero era igualmente poderoso.

Apareció el color negro ya familiar de la parte inferior de la torreta, seguido inmediatamente por el cono reluciente del pimpollo. El general Tredway hizo restallar sus dedos y el sonido rompió el silencio de la sala. Los hombres que se hallaban cerca del aparato de televisión se sobresaltaron y se volvieron hacia Tredway exasperados. Sus ojos apenas alcanzaron a posarse nuevamente sobre la pantalla cuando se produjo la cosa.

Un delgado rayo de suave luz violeta se deslizó desde el centro del pimpollo hacia el borde del círculo de acero. El rayo giraba como el fanal de un faro, pero mucho más rápidamente. Todo lo que lo rodeaba fue aniquilado. Destruyó tanques, camiones, cañones y hombres, círculo tras círculo. Las explosiones estremecían el terreno a medida que detonaban los explosivos. La misma torreta, netamente cortada, rodó pesadamente por el suelo ¿unto al objeto. El rayo mordió el suelo dejando cintas de metal retorcido. En tres segundos, el terreno sólo fue una masa de metal en fusión, de rocas fundidas y de cuerpos desgarrados, de llamas, humo y sordos estrépitos. Dos segundos después, el rayo alcanzó a las cámaras de televisión y la pantalla se apagó.

Los hombres que se hallaban próximos al televisor quedaron silenciosos y sombríos. Fue el momento que eligió el coronel para volver a anunciar con calma que había aparecido un cuarto objeto y que su probable punto de impacto se hallaba a dos millas al este de Harrisburg.

El grupo se volvió, como un solo hombre, hacia el general Tredway, pero este último no prestó mayor atención a ello. Caminaba de un lado al otro de la sala mordiéndose el labio inferior y arrugando el ceño. 

"General, dijo el presidente, yo... yo creo que usted tenía razón. Estas cosas son monstruos. ¿Quiere encargarse del próximo objeto?

El general Tredway se detuvo y dijo: "Sí, pero me parece bien explicar ahora lo que ello supone. Quiero que todo vehículo en condiciones converja hacia el cuarto objeto, pues el que ha escapado tratará de protegerlo. Quiero que todo avión y helicóptero en condiciones de volar lo persiga y ataque continuamente. Quiero que todo cohete disponible sea puesto en su plataforma y lanzado de inmediato. Quiero que todas las bombas de fusión y de fisión que tenemos sean lanzadas contra el cuarto objeto mediante la artillería, cohetes y aviones. Tal vez alguna de ellas dará en el blanco. Quiero que se haga un pedido a Canadá, Brasil, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y Rusia para que lancen inmediatamente bombas H en el lugar de descenso del cuarto objeto. Así tendremos tal vez una posibilidad de detenerlos. ¡Vamos!"

El presidente lo miró fijamente: "¿Se ha vuelto usted loco? Nunca daría semejantes órdenes. ¿Quiere usted destruir toda nuestra costa?"

El general asintió. "Sí, toda, desde Richmond a Pittsburg, hasta Siracusa, creo; tal vez más. Las repercusiones se harán sentir quizás más lejos. No hay otra solución." 

"Es una locura. Yo no haré tal cosa".

El presidente de la Cámara se adelantó y dijo: "Señor presidente, creo que debe usted reconsiderar el problema. Ya ha visto lo que puede hacer un objeto; imagínese dos de ellos en acción. Temo que el general tenga razón." 

"No sea tonto".

El vicepresidente se adelantó al lado del presidente y dijo: "Estoy de acuerdo con el presidente. Nunca oí una proposición más absurda." Hubo un momento de gélido silencio. El general miró a los tres hombres. Luego, lentamente y con determinación, desprendiose el cinturón y extrajo su revólver. Empuñó la culata e hizo fuego a quemarropa, cambió en seguida la orientación del arma y volvió a disparar. Se adelantó luego hacia la mesa y dejó allí el arma. Luego se volvió hacia el presidente de la Cámara y dijo: "Señor presidente, queda poco tiempo. ¿Impartirá usted las órdenes necesarias?"


1.- Distant Early Warning: red de vigilancia del cielo, destinada a alertar a la defensa contra los cohetes antes de que se produzca el impacto de dichos proyectiles.


Este cuento fue publicado en  la revista "Planeta",  Nº 13, diciembre de 1966.

1 comentario:

Parlanchín dijo...

THEODORE LOCKHARD THOMAS (1920) es un ingeniero químico, escritor y abogado norteamericano. Es autor de más de cincuenta historias cortas de ciencia ficción publicadas desde principios de los años 50 a fines de los 70. También colaboró en dos novelas con Kate Wilhelm y escribió ciencia ficción bajo los seudónimos de Leonard Lockard y de Cogswell Thomas. Ha sido nominado para "La Concesión de la Nebulosa", premio a los escritores de ciencia ficción norteamericanos.