jueves, 29 de marzo de 2012

La llama azul


Era la víspera de Navidad. Hacía mucho frío porque nevaba desde por la mañana. En las calles blancas caminaba una niñita: no tenía padre ni madre, y su abuela, a quien tanto había amado, hacía un año que había muerto. Una mala madrastra había recogido a la infeliz niña, y la mandaba a vender fósforos por las calles. 

Iba vestida de andrajos y con los pies desnudos. La pobrecita tenía frío; pero no se atrevía a entrar en su casa sin haber vendido antes todos los fósforos, porque su madrastra la castigaría seguramente y la mandaría a acostarse sobre un montón de paja, en un inmundo desván sin darle de comer.

Todo el mundo corría por la calle ocupado en los preparativos de la fiesta de la noche; el árbol de Navidad se preparaba en todas las casas. Nadie tenía tiempo para ocuparse de la pobrecilla. Al pasar por delante de la vidriera de un panadero, los ojos se le iban detrás del pan; pero no se atrevió a pedir.

Oscureció: tocaron las campanas, y las calles fueron quedando poco a poco desiertas, uno que otro paseante, algún perro callejero era todo lo que veía. Vagando por las calles, azotada por el cierzo, la niña se fatigaba, y concluyó por sentarse en un rincón de la calle entre dos paredes, con la cabeza recostada en el muro.

Cada vez sentía más frío, y se le ocurrió encender uno de los fósforos; la madrastra no estaba allí; ¿cómo podría saberlo? Por lo demás, aquel fósforo calentaba un poco sus manos enrojecidas por el soplo helado de noche tan cruda. El fósforo brilló un momento, y le pareció a la pequeña que la llama pasajera regocijaba y animaba un instante su triste vida.

Cerró los ojos, y creyó ver delante de sí una gran cocina en la que se veía un pato relleno de castañas dorándose lentamente en el asador. ¡Qué rico debía ser aquello! Quiso acercarse para satisfacer su deseo, e hizo un movimiento que la despertó: la realidad reemplazaba al sueño. Sólo tenía ante su vista la calle desierta y blanca. Temblaba de frío: un fósforo más, después dos... ¡Ah! ¡qué alegre era aquella claridad y aquel chirrido!

Vió luz en una de las ventanas y se acercó a mirar. ¡Qué cosas tan hermosas se ofrecieron a la vista! En el centro de un salón profusamente iluminado se levantaba el árbol verde, todo adornado de cintas y cubierto de juguetes; luces, adornos de papel dorado, plateado, salpicado de lentejuelas; escalas de Jacob subiendo alrededor del árbol hasta la estrella de los pastores, que brillaba en la cúspide.

Allí cerca estaban un padre y una madre mirando enternecidos a los niños alegres que bailaban batiendo palmas y cantando los himnos de Navidad. ¡Qué alegría mirarlos! ¡Le parecía a la pobrecita que se hallaba entre ellos! Pero de repente notó que el frío la estrechaba demasiado, y pensó en la helada buhardilla donde vegetaba tan desamparada. ¿Qué le dirían cuando volviera? ¡Qué áspero recibimiento le haría su madrastra! ¡En qué abundancia caerían sobre ella los palos, de los que ya parecía sentir las magulladuras! ¡Ah! ¡más bien quedarse en la calle hasta el día siguiente y morir allí!

Tenía entre sus manos el paquete de fósforos; no pudo resistir a la tentación: los fósforos calientan, y ¡es tan divertido verlos arder! ¡Ea! ¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro!... Si se encendiese todo un paquete, ¡qué hermoso sería, Dios mío! Dicho y hecho. Le pareció a la pobre niña que nunca había contemplado nada más hermoso. Muy pronto, el último fósforo brilló: ella creyó ver, vió en verdad abrirse el cielo, y a su abuela que se adelantaba y la llamaba con los brazos extendidos. En el mismo instante la niñita exclamó encantada: "¡Ya voy, abuelita, ya voy!", mientras que una sonrisa extática iluminaba su rostro...

A la mañana siguiente se encontró en el rincón de la calle una rubia niña vestida de andrajos. Estaba muerta, helada por el frío, con los pies desnudos y una caja de fósforos vacía en las manos. Ella había ido al cielo, al lado de sus queridos padres, a calentarse el corazón a la dulce llama azul del eterno amor.


De la obra "Ejercicios progresivos de Lectura, Ortografía y Ortología" por Emma Catalá de Princivalle; Imprenta 'El Siglo Ilustrado', Montevideo, 1913.

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