sábado, 11 de mayo de 2013

La educación de los espartanos



Título: "Jóvenes espartanas provocando a los jóvenes"
Autor: Edgar Degas (1834-1917)
Escuela: Impresionismo
Técnica: Pastel
Año: 1860
Ubicación: National Gallery de Londres

LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

El niño, destinado a ser un soldado, pertenecía más al Estado que a su familia; al nacer, era examinado por los ancianos de la tribu, que lo devolvían a la madre si estaba bien constituído; en caso contrario lo hacían arrojar a un abismo del Taigeto. Todas las madres educaban a sus hijos de la misma manera; no los envolvían y los acostumbraban a comer de todo y a no tener miedo a nada. Al cumplir el niño los siete años se entregaba al Estado; el niño era entonces como un hijo de regimiento, que desde luego formaba parte de una clase mandada por el que se había mostrado superior a los otros alumnos por su inteligencia y su fuerza.

El estudio se tenía en poco en este género de educación. Se limitaba a enseñar a los niños a cantar y a explicarse con precisión; tratábase sobre todo de dar fortaleza y flexibilidad al cuerpo. Gracias a una serie de ejercicios graduados, los niños aprendían a correr, saltar y lanzar el disco o la jabalina. Después se ejercitaban en el manejo de las armas y en la danza guerrera llamada pírrica. Así se les acostumbra a soportar sin quejarse el frío y el calor, el hambre y la sed, la fatiga y el dolor.

Llevaban el mismo vestido en todas las estaciones, se acostaban sobre cañas que ellos mismos cortaban en el Eurotas, y no se lavaban ni perfumaban sino en los días de grandes fiestas. Se les alimentaba mal y les era permitido robar para aplacar el hambre; pero, si los encontraban robando, eran castigados severamente. Uno de ellos, que había ocultado un zorro vivo bajo su túnica, se dejó morder el vientre antes que confesar el robo. Había también concursos de resistencia a los porrazos. Cada años recibían una vuelta de azotes delante del altar de Artemisa, y el vencedor era quien tardaba más en quejarse; sucedió que murieron algunos niños sin prorrumpir un quejido.

Estos niños tenían aspecto grave y ademanes mesurados. Caminaban con los ojos bajos, y no tomaban la palabra sino cuando eran interrogados. Esta educación de hierro los preparaba a la disciplina militar.

VIDA DE LOS HOMBRES

Los jóvenes formaban parte del ejército a los diez y siete años; a los treinta eran considerados como ciudadanos como ciudadanos y debían contraer matrimonio, sin dejar por ello de pertenecer al Estado. El empleo del tiempo estaba fijado por los reglamentos. Llevaban uniforme y debían asistir todos los días a los ejercicios, consistentes en carreras, saltos y manejo de las armas. A este respecto, la institución más curiosa era la de las comidas públicas, que eran obligatorias para todos los espartanos, aún para los reyes; sin embargo, no se celebraban diariamente. En esas comidas, los hombres se agrupaban por escuadras de 15, y los que las componían eran en la guerra compañeros de tienda de campaña. Esas escuadras eran círculos a los que era muy difícil entrar y en los que se procedía a votación para aceptar un nuevo miembro, como sucede en los cuerpos de oficiales en Alemania. En las comidas públicas se comía la sopa negra, guisado célebre en toda Grecia, hecho con pedacitos de carne, grasa de cerdo, vinagre y sal. Pero la minuta podía aumentarse con productos de caza o con carne de las víctimas, cuando había habido un sacrificio.

A esa vida autera debían los espartanos el carácter grave y digno que tenían. Diríase que los envaraba su compostura heroica de viejos veteranos que afectan despreciar todo lo que los demás hombres aprecian o temen. No se inclinaban sino delante de los ancianos, que respetaban como a sus padres. Su lenguaje que representaban como a sus padres. Su lenguaje era voluntariamente rudo y sencillo, y su manera de responder, a la vez corta y mordaz, ha llegado hasta nosotros con el nombre de laconismo. Un argivo decía un día: "Existen entre nosotros muchas sepulturas de espartanos", y un espartano le respondió: "Entre nosotros no existe ni una sola de argivo". Filipo de Macedonia escribió a los espartanos: "Si entro en Laconia, destruiré vuestra ciudad". "Si..." respondieron los espartanos.

VIDA DE LAS MUJERES

Las jóvenes no eran educadas en Esparta menos severamente que los jóvenes. Estaban sometidas a los mismos ejercicios de los varones y asistían a sus concursos. Su vestido, que bajaba apenas hasta la rodilla, les permitía libertad en los movimientos. Su vida de ejercicios era motivo de burlas entre los demás griegos, que tenían a sus hijas cuidadosamente encerradas. Una vez casadas, resultaban esposas y madres de soldados. Eran muy reputadas por su energía y su abnegación. El amor maternal, en aquellas mujeres estaba supeditado por el amor a la patria; hubo alguna que al saber al mismo tiempo la muerta de sus cinco hijos y la victoria de Esparta, exclamó: "¡Tanto mejor, demos gracias a los dioses!", y otra que mató a su hijo porque huyó del campo de batalla.

Lo que más caracteriza la condición de la mujer en la antigua Grecia es su constante estado de menor edad. En su existencia no había un solo momento en que gozara de los derechos civiles del ciudadano, pues siempre tenía un dueño que la gobernara. Cuando joven, dependía de su padre; casada, pertenecía a su marido; viuda, estaba sometida a sus parientes o a sus hijos. Pero si hemos de juzgar por las pinturas de los poetas y por algunas anécdotas publicadas por los historiadores, diremos que la mujer tenía frecuentemente en la casa una autoridad considerable; tanto es así, que algunos personajes de comedia se quejan, una vez casados, de tener no una mujer, sino una dueña imperiosa.

Jenofonte, en su tratado de Economía, nos describe un matrimonio ateniense tal como él lo concibe. Quiere que la mujer sea soberana en su casa, que tenga la dirección de los esclavos y arregle a su antojo los gastos de la familia. Mas, a pesar de su empeño, no consigue presentar a la mujer griega sino como una buena gobernante. Salvo quizá en Esparta, donde la mujer, como hemos visto antes, era la primera en hacer que sus hijos fueran buenos soldados y buenos ciudadanos, las mujeres griegas representaron en la sociedad un papel harto secundario, su vida transcurría sosegada, monótona y oscuramente; las futilezas ocupaban para ellas un puesto más preferente que las ocupaciones más serias e importantes.

Mientras duró Esparta, la mujer permaneció fiel a la educación y a las costumbres particulares del Estado. Muchas modificaciones se introdujeron en las leyes políticas o civiles de Licurgo; pero la regla de vida que él había impuesto a los espartanos se mantuvo e hizo de ellos los primeros soldados de Grecia y los verdaderos maestros de heroísmo de la humanidad.

De "Grecia" de Alberto Malet; Librería Hachette, París, 1922.

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