domingo, 8 de julio de 2012

Declaración de amor de un hombre de cierta edad a una joven señorita


Señorita,

Si yo tuviera treinta años menos, quizá sería algo más atrevido para dirigir a Vd. una demanda que, según toda probabilidad, no acogerá. Pero, aunque tengo poca esperanza en el éxito de mi pretensión, me tomo sin embargo la libertad de ofrecer a Vd. en mi persona a la vez un amante y un amigo fiel. Mi corazón me dice que puedo hacer a Vd. dichosa, y a pesar de la desigualdad de nuestras edades, Vd. no podrá encontrar un amor más tierno y sentimientos más vivos que los míos; creo en verdad que su vista me ha rejuvenecido, y que si Vd. acepta mis homenajes, me encontraré vuelto como por encanto a los bellos días de mi vida. Por otra parte, yo, poseedor de cierta fortuna y sin herederos directos, desearía, Señorita, dejar a Vd. mi nombre y mis bienes como a la persona que estimo mas. Sírvase pues pronunciar cuanto antes sobre mi suerte; es con más temor que esperanza que aguardo su sentencia.

Soy con respeto, 
Señorita,
Su  sincero amante,

L. BOUTEUX

París, 4 de abril de 1857.



RESPUESTA FAVORABLE A LA DECLARACIÓN QUE PRECEDE


Muy Señor mío:

Principiaré por declararle que la desigualdad de nuestras edades me hecho vacilar largo tiempo para aceptar su proposición. Los gustos, las ideas, me decía yo, no serían los mismos entre nosotros, y de ello resultaría una continua desavenencia. Por otra parte, Señor, como Vd. está mucho más favorecido que yo del lado de la riqueza, yo temía que todos, y quizá Vd. el primero, viesen en mi determinación la señal de una avaricia egoísta y de una ambición ridícula. Pero la confianza que se carta me ha inspirado me tranquiliza contra estas aprehensiones; y si Vd. se ha decidido, como creo, después de maduras reflexiones, seré feliz de unir mi suerte a la de un hombre por quien he tenido siempre la estima más sincera, y que ciertamente no querría engañar a una joven que tiene fe en su palabra.

Soy con respeto,
Señor, 
Su muy  humilde y afectuosa servidora,

SOFIA ARNOUX

París, 6 de abril de 1857.


De "El Secretario Universal" por M. Armand Dunois; Garnier Hnos. editores, París, 1884.

sábado, 7 de julio de 2012

Exposición de aviación


El día de Navidad, debe inaugurarse en París el Salón de Aviación para exponer los últimos adelantos alcanzados por Wright, Asseriot, Farman, Delagrange, Dumont, etc., etc., en la navegación aérea. ¡Y pensar que hace no muchos años, todo el que se ocupaba de navegación aérea, era considerado como loco! El cambio es realmente notable. Lástima grande que todos los adelantos de la aviación, serán principalmente utilizados para la guerra. Llegados a esa consideración, bien podemos decir de los modernos inventos, que cuando mejores, peores.


De la revista "Natura"; órgano oficial de la institución del mismo nombre, Montevideo, año VI, enero de 1909, núm. LXI.

miércoles, 4 de julio de 2012

Del Papa Celestino VI a los hombres



“Los gerentes de los estados os han dejado a veces sin pan, a menudo sin libertad, casi siempre sin justicia; pero nunca se han mostrado avaros de altisonante palabrería”.

“Todos los dueños de pueblos han distribuido con generosa abundancia, dos cosas: armas y palabras. Armas para matar, palabras para engañar”.

“Vuestro error, inocente en sí, pero de calamitosos efectos, está en creer que existan sistemas de gobierno radicalmente distintos. Por ejemplo: que podéis ser gobernados por un hombre solo o bien por elección y voluntad de todo un pueblo. Las formas de gobierno parecen muchas a los papanatas que se dejan convencer por palabras y fachadas; pero, si consideramos con atención cuidadosa la estructura constante de la máquina política, se reducen a una sola: la oligarquía. Un hombre solo —llámese rey, tirano, autócrata, déspota o césar— no consigue mandar por entero sin la ayuda o complicidad de una pandilla de secuaces y seguidores. Todo gobierno, cualesquiera sea su nombre y sus pretensiones, no es sino el poder de una cuadrilla formada por unos pocos ciudadanos que se encaraman sobre todos los demás”.

“Esto no obstante, vosotros los ciudadanos, vosotros los súbditos, estáis siempre dispuestos a creer, por candidez o por inquietud temperamentales, que un cambio en el gobierno puede cambiar vuestros destinos”.

“He visto también sacerdotes más apasionados por las bancas y cacerías que por su ministerio, más deseosos de buena mesa que de buena fama, más preocupados por el politiqueo o el manejo de los bienes materiales que por cuidar el rebaño, más expertos en platicar que en edificar”.

Celestino VI es un Papa ficticio que reina en una época indeterminada, quizás hacia el fin de los tiempos, imaginado por el notable escritor italiano Giovanni Papini (1881-1956) y que aparece en sus obras "Cartas de Celestino VI a los hombres", de donde hemos tomado estas frases y en "Los Testigos de la Pasión" en donde el Celestino mantiene un debate impresionante con el Gran Rabino Sabatai Ben Shalom que en breve vamos a publicar de forma completa.  Papini fue un escritor genial con una personalidad muy compleja que se interesó muy especialmente en los temas escatológicos del cristianismo y realizó duras críticas a la Iglesia Católica y a la sociedad de su época que le valieron ser excomulgado y denigrado. Lo cierto es que a Papini no se le perdonó sus simpatías con el fascismo de Mussolini y murió olvidado y al borde de la locura en 1956.

lunes, 2 de julio de 2012

Acerca del positivismo


Augusto Comte (1798-1857)

El análisis kantiano abrió nuevos horizontes a este viejo problema y a otros que ya parecían agotados. Entre las posiciones interesantes derivadas de él encontramos el positivismo. El positivismo (A. Comte) parte de la imposibilidad de conocer lo absoluto tal como lo había mostrado Kant y se esfuerza por liberar a la ciencia, o sea el conocimiento positivo, de los resabios metafísicos. Sostiene que el conocimiento científico como el filosófico, no son dos modos de conocer compatibles, sino distintos grados en la evolución del conocimiento humano.

El espíritu del hombre a semejanza de la evolución del conocimiento, pasa por tres etapas sucesivas: estado teológico en el que cree poder llegar a conocer lo absoluto, busca la razón última de las cosas y cree en un ser causa última de las causas, Dios. A esto le sucede un estado metafísico que tiene características que tiene características semejantes al primero, pero en el que Dios es reemplazado por fuerzas naturales. El tercer período o se el positivo, se caracteriza por la investigación puramente científica, la única capaz de comprobación, que se limita a la investigación de las leyes, relaciones de fenómenos, dejando de lado la búsqueda de causas absolutas.

“Ciencia, de donde previsión, previsión de donde acción”, dice el aforismo comtiano, y con esto quiere recalcar el principio práctico del conocimiento positivo. El positivismo toma, pues, de las ideas kantianas, la parte de incognoscibilidad de lo absoluto, que echa fuera de su acción: en cuanto a las características del conocimiento que admite, está lejos de Kant aunque más no sea porque realmente no se plantea el problema del valor del conocimiento.

Otros positivistas (Spencer) toman este absoluto que había sido dejado por Comte. Este incognoscible, que escapa a todo conocimiento experimental, científico, constituye el dominio de otra actividad humana, que es la realización. Ciencia y religión resultan cada una con dominio completamente delimitado: mientras cada una usurpe funciones de la otra, es decir, mientras la religión crea poder conseguir un conocimiento positivo de lo incognoscible y mientras la ciencia, por otra parte, quiera sustituirlo por entidades metafísicas para engañarse a sí misma, habrá desacuerdo entre ellas.

La ciencia debe convencerse que ella no puede ir más allá de explicaciones próximas y relativas a la inteligencia humana que conoce y que quizás no responden para nada a la verdadera realidad: la religión debe convencerse, a su vez, que ella está frente a lo absoluto, que no podrá conocer directamente jamás.


De “Problemas Filosóficos” por María A. Carbonell; Montevideo, 1940.

sábado, 30 de junio de 2012

La imagen de los dioses


Los etíopes dicen de sus dioses que son de nariz roma y tez oscura, y los tracios de los suyos que son de ojos azules y cabellos rojos. Si los bueyes y caballos tuvieran manos y quisieran dibujar o producir obras de arte como los hombres, los caballos dibujarían a sus dioses como caballos, y los bueyes como bueyes, y esculpirían sus cuerpos divinos conforme al modelo de los suyos propios.

Jenófanes

El texto según Diehl, E.: "Antología Lírica", I (Leipzig 1922, Teubner) págs. 58-9.

Mahoma y el Islam

La Kaaba es la piedra sagrada que los musulmanes adoran en La Meca.

A principios del siglo VII apareció un movimiento religioso en los márgenes de los grandes imperios, el de los bizantinos y el de los sasánidas, que dominaban la mitad occidental del mundo. En La Meca, ciudad de Arabia occidental, Mahoma comenzó a convocar a los hombres y las mujeres; pregonaba la reforma moral y la sumisión a la voluntad de Dios según se manifestaba en lo que él y sus partidarios aceptaban como mensaje divino revelado al propio Mahoma y que después se había reflejado en un libro, El Corán.

En nombre de la nueva religión, el Islam, los ejércitos reclutados entre los habitantes de Arabia conquistaron los países circundantes y fundaron un nuevo imperio, el Califato, que incluyó gran parte del territorio del Imperio Bizantino y toda el área del sasánida, y se extendió desde Asia Central hasta España. El centro del poder se trasladó de Arabia a Damasco, en Siria, con los califas Omeyas, y después a Bagdad, en Irak, con los Abasíes.

Hacia el siglo X, el Califato estaba desintegrándose, y aparecieron califatos rivales en Egipto y España, pero se mantuvo la unidad social y cultural que se había formado en su seno. Gran parte de la población se había convertido en musulmana (es decir, se había adherido a la religión del Islam), aunque pervivían grupos de judíos, de cristianos y de otras comunidades; la lengua de los árabes se había extendido, y se convirtió en el vehículo de una cultura que incorporaba elementos de las tradiciones de los pueblos asimilados al mundo musulmán y se expresaba en la literatura y en sistemas jurídicos, teológicos y espirituales.

Inmersas en diferentes ámbitos físicos, las sociedades musulmanas desarrollaron instituciones y formas específicas; los nexos establecidos entre los países de la cuenca del Mediterráneo y los de alrededor del océano Índico crearon un sistema comercial único y promovieron cambios en la agricultura y los oficios, de manera que establecieron las bases del crecimiento de las grandes ciudades con una civilización urbana que se expresaba en construcciones de un estilo islámico carácterístico.

De “La Historia de los Árabes” de Albert Hourani; Editorial Crítica, Buenos Aires, 2003.

domingo, 24 de junio de 2012

El teléfono, elemento mágico


por Isidro Mas de Ayala

Ya nadie ignora que los objetos que nos rodean están dominados de espíritu y de intenciones a igual que los seres animados. Esta magia de los objetos es más manifiesta en algunos de ellos, por ejemplo, en los espejos, los cascabeles, los paraguas, los guantes usados, las ropas viejas y en el teléfono. Sí, en el teléfono.

El teléfono es un periscopio que asoma dentro de nuestra casa. Y por el cual salen de continuo, y se instalan junto a nosotros –así estemos en la habitación más cerrada del más alto apartamento- personas que vienen con un problema o en busca de algo que necesiten. Nunca llega la persona feliz, porque una persona es feliz porque no necesita nada. Lo más a menudo, sale por el tubo de ebonita el indiscreto, el pedigüeño, el inoportuno. Siempre tiene una dificultad, padece un disgusto o le falta algo. Rara vez para invitarnos a bodas.

Pequeño monstruo implacable, sólo dotado de un tímpano y una laringe terrible, el teléfono nos mira fríamente con sus diez ojos numerados, buscando el sitio donde nos herirá con la noticia incómoda, nos deprimirá con la pena o excitará nuestros nervios con la espera, el disgusto o el temor. Chimenea que llevamos hasta nuestro escritorio o nuestra cama, y por la cual saldrá el humo audible de otros escritorios y de otras camas. Icono laico donde se cuelga a menudo nuestra esperanza, se arrodilla nuestro ruego o vibra la protesta airada. Reservado confidente de nuestras mentiras, cómplice de nuestros disimulos, testigo discreto del miedo y la derrota. ¡Teléfonos!

Caños de la escopeta en manos de la persona desocupada que os ha elegido de blanco para su entretenimiento y a quien disparar proyectiles verbales al oído, le resulta más cómodo y económico que ir a la feria de diversiones a tirar pelotazos al negro que cae dentro de la pileta. Amenazante bulldog de fuerte cabeza y muy cortas patas y de tan terrible poder que debemos tener siempre atado a una pared. Cabeza dotada sólo de oído y garganta y que presume de virtuosa, pues como no tiene cuerpo no tienen instintos; y admoniza luego como una reseca vieja sufragista. ¡Teléfonos!

Cuando deseo estar solo un rato o me retiro a descansar, al pasar junto al teléfono miro sus diez ojos numerados pidiéndole piedad, y toda mi actitud debe ser de imploración. Como si de tal artefacto pudiera salir de pronto un león, una serpiente monstruosa, una araña descomunal, o algo peor todavía: un tonto.

Porque el teléfono es la punta de lanza del latero ocioso quien, cada vez que se le ocurre, entrará en vuestra casa a través de esa chimenea-periscopio y se sentará a vuestro lado cuando os disponíais a trabajar. Es el helicóptero de los cobradores, la barcaza de desembarco de los vendedores de heladeras y números para las rifas, a quienes habíais esquivado con éxito en la calle y en la oficina, pero que os darán la captura cuando os creíais a salvo en la intimidad.

Aspirador eléctrico que se enchufa en tu oído, irá a sacarte así te refugies en la más alta torre de marfil, te pierdas en el dédalo da las ciudades o te abroqueles en un castillo rodeado de fosos. Aunque te sumerjas en el agua o asciendas en el aire irá a sacarte. E irá a sacarte, así te escondas en la celda de un monasterio o, solitario, te encuentres como Robinson en una isla, pues ya todas las islas del planeta tienen teléfono. Y tu cabeza, tu corazón y tu cartera ya no podrán estar más a salvo en parte alguna.

Aspid de larga cola que asoma dentro de tu casa su chata cabeza de crótalo. Vehículo transmisor y no detetizable de las epidemias de calumnias de los microbios de la intriga y del verdadero virus de la verdadera rabia. El aparato de teléfono sería perfecto si quien escucha pudiera apretando un botón, hacer salir del otro lado, junto a la persona que habla, un guante de box o un zapato de fútbol. Todos pagaríamos –esta vez, sin protesta- tal suplemento.

Hace 40 años, poco después de la invención del gramófono, dábamos una moneda para poder ponernos unos auriculares que nos hacían oír el aria de “Tosca”, la Marcha de Garibaldi y el Danubio Azul. Ahora, en el teléfono automático, ponemos una moneda y escuchamos la voz conocida de un pariente que nos hace un encargo. ¡Es vertiginoso lo que progresamos!

La intimidad, la dulce y callada intimidad, tan fecunda para las ciencias, las artes y el placer de vivir, ha huido, con un vuelo de palomas asustadas, herida por los timbres telefónicos. Retraimiento solitario, apacible retiro, dulce néctar de la soledad nemerosa. ¡Oh Fabio!

El teléfono es el enemigo N° 1 del hombre hasta por las ventajas que procura. Te habrá pasado repetidas veces esto: Te levantas temprano, te afeitas, te vistes decorosamente y concurres a una oficina, una boletería o un ministerio a formular una demanda. Llegas, al fin, junto a la persona buscada y cuando vas a iniciar tu gestión suena el teléfono que es atendido de inmediato. Otra persona, sin moverse de su casa, quizá sin afeitarse ni vestirse ni bañarse –lo imaginamos siempre barbudo y en pantuflas- con el teléfono te gana de mano y tiene prioridad en su llamada y es atendido antes que tú que has concurrido, no sólo con la voz, sin con toda tu persona, traje incluso. Y así te sacan las mejores localidades, pierdes la oportunidad buscada y también algo irreparable: el tiempo.

A pesar de nuestra docilidad cada vez mayor para aceptar costumbres sociales que no aprobamos, no hemos podido todavía silenciar nuestra rebeldía frente a esa prioridad injusta lograda por el teléfono y estamos tentados de concurrir a tales gestiones provistos de un pequeño timbre que suene incómodo como un teléfono.

Periscopio, chimenea, aspirador, bulldog, ruido con prioridad: son aluna de las tantas ventajas del teléfono que, sin duda, han ido descubriendo progresivamente los diversos directores de UTE, lo que explica los sucesivos aumentos de las tarifas. Después de lo que dejamos escrito, no podemos estar en desacuerdo con tales aumentos. Pero nada costaría que los cobradores explicaran todo lo que dejamos dicho a los clientes cuando éstos, frente a las nuevas tarifas protestan, gimen o se retuercen.


De “Montevideo y su Cerro” de Isidro Más de Ayala: Galería Libertad, Montevideo, 1960.